Y sin querer, sucede. Deja de importarte a qué velocidad van los coches y si el mundo va demasiado rápido. Dejas de guiarte por el tiempo, por la publicidad y por la sociedad. Dejas de ser una simple estadística para convertirte en una persona, para vivir. No te da miedo romper a llorar, o a reír, porque piensas que merece la pena hacerse añicos por esos sentimientos.
Te levantas cada mañana con una sonrisa en la cara, una de esas que están dispuestas a cambiar el mundo entero. Estás llena de ilusiones, de sueños y de vida. Quieres cometer locuras, y que merezcan la pena.
Y por supuesto, agradeces a la vida y al mundo entero que existan las casualidades. Porque sí, existen. Puedes llamarlo también destino, o como quieras. Yo pienso que cuando las casualidades ocurren, es porque dos personas estaban destinadas a conocerse. Y son esas pequeñas cosas de la vida, los encuentros inesperados, los sentimientos y los sueños, las que nos llenan la vida y nos hacen creer que todo es posible.
No me cambiaría por nadie en este mundo, porque me siento bien, libre, porque me dejo guiar por lo que me dice el corazón.
Cuando la realidad es mejor que los sueños y roza ya hasta los límites de la locura, es cuando sientes que puedes hacer cualquier cosa para conseguir que dure para siempre. Quiero arriesgar, gritar y vivir cada pequeño instante, y nunca viene mal, si te acompaña la persona con la que quieres vivir todo eso y más.
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